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Huachos, días antes de la tradicional e inolvidable fiesta patronal de Setiembre

Posted August 11, 2017
Written by Ferrer Maizondo
Category Opinión Libre
 

Por: Ferrer Maizondo Saldaña


El punto de partida para embarcarse a Huachos es el terminal, ubicado en La Cruz, conocido como “el aeropuerto” (Pueblo Nuevo, Chincha). Movilidad predominante minivan o autos. A un mes de la fiesta de setiembre, unos y otros repiten “este año la fiesta será mejor”. Todos felices, todos alegres. El programa que detalla la celebración a los santos patrones: San Cristóbal y la Virgen Natividad, ya circulará casi clandestinamente. Un programa grandilocuente, por partes recargado, reiterativo en varios párrafos y como siempre con graves errores de sintaxis y ortografía.

Gran parte de la carretera es asfaltada. Qué bien, felicitémonos. Pero, porque siempre hay un pero, en Tarpuncca falta un letrero grande que, además de brindar la bienvenida al visitante, llame la atención que estamos ingresando a territorio huachino. En cada uno de los fundos (Marcas, Mosquituyocc, Pampa de las Petacas, Quilca, Buenavista y Pucarume) debe haber letreros señalando que son terrenos que pertenecen a la comunidad campesina de Huachos. También requerimos de avisos que orienten en los desvíos de Palca, Joyo y Ñahuis.  Las curvas de Taihuas y Peve necesitan, urgente, urgentísimos, muros de contención y señalamientos adecuados a fin de prevenir accidentes.

 
« Al llegar al pueblo, a nuestros queridos huachos, un cálido y tierno abrazo sintetiza la familiaridad. » 


Empezamos a recorrerla y de los caminos tradicionales que parten del pueblo hacia Cruzpata, Arcupuncco, Machopanteon, Chacapatán, Cuchicancha o Huaycos, solo quedan recuerdos porque están intransitables, saturados de arbustos y piedras, con derrumbes en algunos trechos. Caminos abandonados. Rememoramos que todos transitamos por ellos. Unos apurados hacia la escuela; otros, arreando sus vacas o carneros; aquellos, cargando las cosechas o yendo a cultivar la chacra; y, casi todos, acompañando a nuestros muertos al cementerio.  Urgente requieren limpieza y reconstrucción. El abandono de los caminos es de tal gravedad que ni ortiga crece en los bordes del camino real.  Hasta la Cruz que se visualizaba desde Chapaca y dejaba flamear su manto en Cruzpata ha desaparecido.

Al iniciar la tarde descendemos hacia el río, a Chacapatán. El vínculo, la unión con Pichuta, Huajintay y Santa Rosa fue por décadas a través del puente colgante, de ahí el nombre de Chacapatán. Esa ruta ha sido sustituida por la carretera, pero el histórico puente colgante permanece con tristeza, se balancea moribundo; transitan por ella el viento, la lluvia y el polvo del olvido.

 
« Puente arriba, antes de la toma de agua a Chupanmonte, había una enorme piedra donde los antiguos labraron unos hoyos que sirvieron de lavadero; ahora, sepultado por la indiferencia. »


Seguimos caminando. Un lugar de misterio y fantasía es Tukumachay. Todos la mencionan, muchos la recuerdan. Sus pozas profundas entre enormes rocas dejaron nadar a los jóvenes en distintas épocas. El bosque y los caminitos zigzagueantes fueron motivo de inspiración y romance. Cuántos juramentos de amor fueron eternas palabras al pie de los eucaliptos y alisos. Al atardecer estamos río abajo, por el Encanto, como su nombre lo indica un lugar misterioso, es un profunda poza, oscura, sobre la que se ha tejido muchas leyendas. Avanzando un poco más, llegamos a Paccuri, donde un día tres traviesos en pleno juego infantil casi se ahogan en una de las pozas.  

Al día siguiente, de madrugada, como ganando a los rayos solares, encaminamos hacia Teneria, aquel bosque de curmen, helechos y enormes romazas, de aves de múltiples cantos y batracios de variados colores. De niño no sólo disfruté, sino que muchas veces me empache con tumbos y achangaray. Con los amigos de siempre pasábamos horas chancado el fruto del nogal.

De retorno, llegando a Manzanapata, busco los eternos manantiales de transparentes, frescas y dulces aguas. Están cubiertas de vegetación. Imposible beber sus aguas, darse un remojón o lavarse la cara, como en aquellos tiempos de la tierna infancia cuando cogiendo con la mano o agachándonos directamente a la boca del manantial saciábamos la sed. Apuramos el paso para no entristecernos más por el deslizamiento que al borde de la chacra está arrastrando al pueblo hacia el abismo.

Lo que todavía queda del camino nos conduce a Cruzpata, lugar de un microclima especial. Crecen abundante frutas y flores. Entre el verdor de sus árboles, arbustos y pastizales resalta el níspero andino, fruto sabroso que deleita el paladar de todo un pueblo.  Metros más allá, en un pequeño quiebre, como saliendo del paraíso, el cementerio.    

Abuelos, padres, hermanos, parientes y conocidos descansan en el camposanto.  Oliendo muña los despedimos. Nunca faltaba pisco, anisado, coca y cigarro Inca. En un tosco ataúd labrado por un artesano o un apurado carpintero fueron cargados con mucha pena. Cada vez que los visitamos los recordamos con cariño. Ahora lo que más pena da es ver el abandono en que se encuentra el recinto. Paredes caídas, nichos amontonados. Hasta las calaveras y huesos de chinos, italianos, españoles y demás extranjeros que se encontraban en los ventanales están desapareciendo. Retornamos al pueblo ascendiendo desde el cementerio por un estrecho y corto camino que empalma a la carretera. Qué terrible y tétrico itinerario.  Indescriptible.

 
« Lo que hoy prima en la plaza es el mal gusto. Esas pinturas en la pared del fondo es una ofensa no solo al arte gráfico y de los colores, sino que también es una falta de respeto a las costumbres y vivencias de nuestro pueblo. »


Ingresamos a la plaza.  La modernidad del cemento ha enterrado el amplio espacio de los juegos, bailes, asambleas y celebraciones. Lo que hoy prima en la plaza es el mal gusto. Esas pinturas en la pared del fondo es una ofensa no solo al arte gráfico y de los colores, sino que también es una falta de respeto a las costumbres y vivencias de nuestro pueblo. ¡Qué mal gusto! Cuánta falta nos hace una frase irónica de la tía Venecia Gutiérrez que sintetice esa huachafería.

Detenemos el paso. Tenemos que retornar a la costa. Queda en el tintero la imagen de ayer y tras antes de ayer de nuestro pueblo, hoy empobrecido y sobreviviendo en el silencio y la soledad. Pocos, por no decir contadísimos pobladores transitan. Casas llenos de polvo, polilla y olvido, asegurados con enormes candado. Es fin de semana y no visualizamos, como antaño, niños correteando y con gran bullicio por las calles.

La bulla, el tumulto y la celebración serán en setiembre. Todos disfrutaremos de la mejor fiesta patronal del Norte de Castrovirreyna. ¡Qué orgullo!

Terminada la fiesta los restos de los enormes castillos seguirán desparramados en la plaza. Pocos comentarán del toro-toro y la mistela que están perdiendo vigencia y atractivo en los últimos años.

De los esforzados escolares que mostraron las estampas costumbristas la noche de la serenata o marcharon a paso de vencedores nadie se acordará.  

Entre el olvido y el abandono de lo que antaño era un próspero distrito, preguntamos dónde estarán las autoridades. Qué estarán pensando y haciendo los hijos huachinos en bien de la reconstrucción del pueblo. Hasta “Pato”, que era ciego, veía mejor las cosas; y, don Agustín Sánchez, un humilde campesino, percibía con mayor claridad el interés crematístico de algunas autoridades.

Cuánta falta hace el sentido común y la voluntad para trabajar por el desarrollo de Huachos.

Agosto, 2017. Ferrer Maizondo Saldaña huachosperu@gmail.com

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